jueves, 19 de septiembre de 2013

Mírala.

Mírala. ¿Alguna vez la has visto sonreírte mientras te mira a los ojos? ¿Alguna has visto cómo derramaba lágrimas que te pertenecían? ¿Te has fijado en cómo se contonea por el instituto en busca de tu mirada? Mira sus caderas, a cada paso bailan la más hermosa danza jamás dedicada a alguien no merecedor de ella. ¿Has conseguido sacártela de la cabeza? ¿O es que jamás entró en ella? Porque, obsérvala. Cada una de sus curvas son inconfundibles. Me quedé con cada una de ellas desde el primer momento. Si has conseguido olvidar esos ojos marrones es porque jamás dejaste que la luz que irradian te invadiera. Si alguna vez logras olvidar esa melena, es porque nunca la acariciaste como tendrías que haber hecho. Si no recuerdas el tacto de su piel, es porque no te paraste a darle esos masajes que pide a gritos. Porque a ella, a la más fiera, un masaje la calma más que la más dulce canción.
Fíjate. ¿Alguna vez has visto la pasión que pone sobre un escenario? ¿El maravilloso vaivén de su pelo cuando baila? Entonces jamás dejaste que bailara para ti. Y no dejar que ella baile, es como encerrar al pájaro más salvaje. MÍRALA. ¿No ves que nada a contracorriente? Lucha por alejarse de ti, pero tu recuerdo la persigue y la vuelve a llevar hacia ti.
Algún día, te quitarás esa maldita venda de los ojos, verás su luz desvanecerse como un faro lejano a medianoche en el mar más bravío. Pero será tarde, las olas te impedirán apreciar sus movimientos y poco a poco, conseguirán alejarla de ti para no volver. Ahí, te encontrarás perdido y sin rumbo.

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