Un viernes de cada dos llego a una casa diferente, que no es la mía, pero en la que están los míos.
Abro despacito la puerta por si alguien duerme. De repente, dos monstruitos se abalanzan sobre mí. Me levantan los brazos para que las tome, me enseñan las botas nuevas, los dibujos que han hecho o las heridas que demuestran que están disfrutando de su infancia.
Son mis hermanas, no compartimos la misma madre, pero no me importa. Son la mayor de las razones por las que sonrío día a día. El mayor motivo por el que vivir, necesito verlas crecer.
Sin dejarme ni tan siquiera respirar, la mayor de mis monstruítos, Olga, me pide que la lleve al cole.
Vamos las dos juntas de la mano, soy feliz. Me olvido de todo lo que no tenga que ver con su sonrisa.
Llegamos a la puerta, me da un beso y se aleja corriendo. Se me escapa una lágrima... como me ha tocado el corazón la capulla.
Llego a casa, como y me siento en el sofá, se me acerca la pequeña, tiene 2 añitos, me da un abrazo y me dice "te quero". Si pensé que no podría querer a alguien tanto como quiero a Olga, me equivoqué. Inés también se ha ganado a pulso estar empatada en el primer lugar de mi corazón.
Las veo crecer y no puedo creérmelo, ¿por qué corren? ¿qué prisa tienen por crecer? Parece que mis pequeñas, cada vez son menos pequeñas. Pero supongo que es ley de vida, tienen que crecer.
Me he prometido a mí misma que siempre van a tener una hermana mayor que las va a querer como jamás nadie ha querido. Espero que nuestra relación, por mucho que crezcamos, por muchos años que nos llevemos y por mucha distancia que nos separe, siga siendo tan especial como hasta ahora.
¿Sabéis? Podría contar miles de momentos más con ellas, pero son tan especiales que no podríais entenderlos. Así que, prefiero guardármelos y esperar a que sean lo suficientemente mayores como para poder contarles la historia más bonita jamás contada, la nuestra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario