Cinco años después sigo culpándome de ser tan desentendida, de no mostrar más mis sentimientos y preocuparme menos por el qué dirán. Pero así soy y todos lo sabemos. Suelo callarme cuando debo hablar y suelo hablar de más el resto del tiempo. Me arrepiento más de lo que no hago que de lo que hago, pese a saber que debería ser al revés. Me muevo por impulsos y detesto tomar decisiones. Me importa la opinión de la gente tanto o más que la mía. Soy indecisa e insegura, pero peleo por las pocas cosas que tengo claras. Sé perdonar pero no olvidar, y son demasiadas las veces que echo en cara cosas que deberían estar olvidadas. No soporto estar cabreada con quien quiero y mucho menos que quien quiero se cabree conmigo. No hay error que me dé más rabia que el que cometen algunos con el apellido de mi abuelo, por el que me prometí no dejar de escribir. Hace unos años me desahogaba escribiendo, quizá para convencerme a mí misma de cosas que yo sabía que no eran reales. A día de hoy, quizá porque he encontrado con quién desahogarme o quizá porque he cambiado mi manera de ver el mundo, son pocas las veces que cojo papel y boli sin obligación.
Hoy, me río de mis pequeños agobios y mis pequeñas rabietas a lo largo del año. No recuerdo un día más triste que aquel 4 de abril.